El Todas Mías

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Redacción / Explora CDMX6
05 de octubre 2026
  • Carlos Pérez Bucio

Cuando Francisco de Goya estampó su célebre dictum “El sueño de la razón produce monstruos” en el número cuarenta y tres de su serie Caprichos, lo ilustró con la visión del artista rendido ante su mesa de trabajo, acechado por un bestiario nocturno que le respira en la nuca y dispuesto a guiarle en medio del caos de un pensamiento dejado a sus anchas, prófugo de la sensatez. La sinrazón quizá pueda adjudicarse la auditoría de las calamidades retratadas por Brueghel, Bosch o el inquietante universo ultraterreno del Greco (¿cómo entender el enrarecido fervor carnal del pintor cretense si no es así?), pero, más que monstruos, con seguridad del maestro español habría sido capaz de imaginar aberraciones verdaderamente desconcertantes si en vez de dejarle dormir, por el contrario, se hubiera dado a la maliciosa tarea de privar a la razón del sueño. Desvelada de días con un dolor de cabeza punzante, las pupilas áridas, secas y ojerosas los nervios permanentemente crispados y, sobre todo, las manos muy inquietas. Entonces sí, tal vez podría esperarse que el insomnio de la -ahora sí- desquiciada razón produjera personajes como los que se regodean en la pintura de Carlos Pérez Bucio.

De una socarronería altanera y para algunos puede que hasta hiriente, los protagonistas de Bucio son cuerpos. Cuerpos intercambiables que se organizan a placer y se presentan frontales y grotescos. Cuerpos en el paisaje a los que se les escurre la piel, estrambóticos llagados unas veces y cubiertos por fluidos otras tantas. Cuerpos con bocas cuyo problema no es qué entra sino qué sale de ellas: consignas viscerales, pueriles incómodas pitorreo puro. Cuerpos como los que uno encontraría en la historieta lúdica de Rafael Araiza o el graffitis sanitario (en eso comparte el linaje con Modigliani). En resumen, interpretan todas las configuraciones ociosas (y no si un cariz desvergonzadamente onanista) de las que un pobre cuerpo puede dar fe. Pero, más importante, pese a su naturaleza abiertamente fragmentaria, son de una voluptuosidad, no obstante, irresistible.

Y es que si tacharon a Rodin de carnicero por presentar piernas y brazos solos ¿qué irán a decir de Bucio que construye sus anomalías apilando miembros sobre miembros según convenga, estirando aquí y cercenando allá? En una de esas, el mote le quedaba mejor a él que al padre de la escultura moderna, pues la de Bucio es una pasión plena, desmedida por la carne. La pincelada exuberante y el color claramente lo conectan con una larga estirpe que va desde Ribera hasta Siqueiros, pero, al mismo tiempo, su espíritu incendiario desvía el árbol familiar hacia los terrenos de la cultura popular, el underground y la caricatura política.

Si el rabioso pintor filipino Manuel Ocampo aseguraba traer a Dios de copiloto, Bucio bien podría tenerlo de aprendiz, actualizándole en las bases del oficio de la creación de la carne, que un ojo puede brotar entre otros dos o tres, que un falo puede ser bastón, que cualquier órgano es negociable y entre pliegues algo siempre se esconde, que racimos detectas pueden vender como frutas y descender como lágrimas. Que puede vivirse el cuerpo como infierno purgatorio y paraíso. Están advertidos

Texto: Roberto García Hernández

Nota de la editora: Texto tomado de la reseña de la exhibición en la galería Epifanía con permiso de Carlos Pérez Bucio

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