Amar entre la CDMX y la periferia: relaciones que buscan resistir

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Patricia Alamilla7
14 de febrero 2026
  • Imagen generada con IA

En la Ciudad de México y la Zona Metropolitana, el amor se enfrenta a los tiempos de traslado, la precariedad del transporte público y la fragmentación urbana. Dos historias muestran cómo la geografía y la movilidad se convierten en actores invisibles que impactan los vínculos afectivos y transforman las dinámicas románticas.


Seis y treinta de la mañana. Cecilia ha salido de su casa, en la alcaldía Tlalpan, al sur de la Ciudad de México. Está por tomar el camión de la Picacho-Ajusco para llegar a donde hoy le toca trabajar. Tiene 28 años, es periodista y debe cubrir un evento a las 9 am en el centro de la capital. Piensa que verá a su novio ahí mismo. Se entusiasma. El camión se mueve lento al bajar por la carretera y está por llenarse. 

Cecilia Andrade suele ver a su pareja durante un par de horas entre dos y tres veces por semana, pues coinciden en coberturas periodísticas. Aunque es trabajo, intercambian miradas y se permiten unos momentos de charla. 

De manera planeada y exclusivamente para pasar tiempo juntos, se encuentran de dos a tres veces por mes, únicamente. Es difícil que lo hagan con más frecuencia. Los separan 51 kilómetros de distancia, que representan un trayecto de poco más de 3 horas en el tráfico. Él vive en Tonanitla, Estado de México.

Su relación comenzó hace más de un año, justo cuando casi finalizaban ambos la Universidad. Nunca se detuvieron a pensar en lo lejos que vivían una del otro. Se dio así y nada más. Para Cecilia, la interacción tecnológica ha sido fundamental. Las llamadas, videollamadas y hasta las Netflix Party forman parte de su dinámica.

Pero echa de menos el contacto físico. La distancia, los tiempos y un trabajo altamente demandante como el periodismo, lo restringen. Ha sido la parte más difícil porque se considera, además, una persona de “mucho contacto”. Se dice a sí misma, entonces, que debe ser flexible y suave, y no solo con él, sino también con ella.

En tanto, al oriente de la ciudad, en el límite con el Estado de México, ya son las 7 de la mañana. Gabriela está cerca del Metro Pantitlán, al oriente de la Ciudad, pero el tránsito tiene detenido el camión en que viaja. Teme llegar tarde a su trabajo. Entra a las 9. Se frustra por seguir viviendo en Ciudad Nezahualcóyotl. Piensa que toda su vida ha normalizado transportarse grandes distancias y eso ha tenido muchos costos, incluso en sus relaciones románticas.

Tiene 28 años y recuerda que hace 10 comenzó un noviazgo con un chico que vivía en el Centro Histórico de la capital. Su familia había vivido toda la vida en esa zona. Él estaba acostumbrado a distancias cortas, un transporte público a la mano y en mejor estado que el mexiquense

Al inicio de la relación, los trayectos no fueron problema, además se veían diariamente en la Preparatoria. Con el paso del tiempo y ella en la Universidad, comenzaron a verse en puntos intermedios, como estaciones de Metro. En ocasiones, él seguía viajando a Neza. Aunque Gabriela llegó a notarlo incómodo y hoy piensa que no era tanto por la distancia, sino por el transporte público más precario y descuidado del Estado de México. Incluso por el estigma de Neza, considerado un municipio peligroso.

Gabriela recuerda a su novio diciéndole que un día compraría un auto para que estuvieran más cómodos.

Posteriormente, él inició un empleo y ella siguió estudiando. A partir de ahí, las cosas cambiaron. La distancia y el trabajo comenzaron a pesar más en él, notó Gabriela. Él hacía comentarios sobre el tema, aunque supuestamente en broma. Ella se esforzaba por comprenderle y ceder en cuanto a puntos de encuentro o pasar la noche en casa de él, pese al desacuerdo de su familia. Gabriela menciona lidiar con culpabilidad y frustración en ese tiempo por vivir en la periferia.

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El transporte y la movilidad en la Ciudad de México y el Área Metropolitana siempre han sido vistos como un tema económico y de productividad. Cada año, las cifras muestran su impacto negativo. Tan solo el tiempo de traslado en la CDMX en transporte público se estima entre dos horas y media en promedio. En auto particular se calcula que es de una hora a una hora y media, de acuerdo con la Asociación Mexicana de Transporte (AMTM).

Otros estudios revelan que el principal motivo de viaje de los habitantes de la Zona Metropolitana del Valle de México a la capital, es trabajo o estudio, y pierden entre 4 y 6 horas de su día en los trayectos de ida y vuelta. Además, suelen gastar más de 100 pesos diarios en pasaje.

Pero transporte y movilidad urbanos también han sido actores invisibles en las relaciones humanas. Son condicionantes del afecto y del encuentro romántico, que roban tiempo para la conexión, la intimidad emocional y sí, también la sexual.

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Gabriela y su novio terminaron su relación tras ocho años. Ella no sabe si fue por la distancia o por otros motivos, pero considera que la lejanía sí representó un factor de peso y de tensiones. 

Recuerda que al final de la relación solo se veían un par de fines de semana al mes. Él argumentaba trabajo, agotamiento y distancia para no verse. En ese momento, él tenía auto y continuaban encontrándose en puntos intermedios. Incluso así, no fue sencillo. En varias ocasiones uno u otro tuvieron que esperar largo tiempo porque había tráfico o porque el Metro se había detenido en una estación. 

Ella nunca sintió que él percibiera el auto como un recurso que facilitaba la movilidad y la comodidad, sino como un elemento más que él tenía que aportar a la relación. En algún momento hablaron de mudarse juntos, pero las condiciones económicas para rentar una vivienda no se dieron.

“Creo que para las personas que vivimos en la periferia se ha normalizado mucho moverse y que las distancias no impactan realmente [en tu vida]”; esto, en comparación con quienes viven en áreas más céntricas de la capital, quienes sí encuentran muy complejo e incómodo moverse a las periferias, dice Gabriela. 

“Creo que [vivir en las periferias] sí es un factor de éxito y de tu movilidad social; […] siento que las experiencias sí cambian en comparación con las personas que no tienen esa posibilidad económica y que nada más se quedan con las relaciones que tienen en su cuadra, en su manzana”, subraya.

“No sabemos si tenemos las mejores amistades o los mejores amores, por la distancia”.

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Cecilia desearía ver con más frecuencia a su novio. Sin embargo, es realista acerca de la geografía, del tipo de trabajo que realizan y de los proyectos, quehaceres y ocios de cada quien. Ante ello, prefiere tener momentos de calidad que más momentos con él. “[Hemos platicado que] nos gusta pasar tiempo juntos, pero también nos gusta sentir que tenemos oportunidades para diversificar nuestras experiencias en el poco tiempo que tenemos”, menciona en entrevista.

Por otra parte, la sensación de extrañar ha hecho que los periodos que comparten sean más significativos, subraya, al contrario de la posible monotonía y poca novedad que podrían tener si se vieran con mayor frecuencia.

“Aunque yo sé que vivir aquí arriba [en el Ajusco] es muy pesado, lo disfruto […]; amo mucho mi vida en donde yo vivo. Me gusta estar aquí. Me gusta el espacio”, cuenta. 

A su pareja sí le gustaría vivir más cerca de la capital o en la capital, señala, pues para él es incluso más pesado transportarse desde el Estado de México. En ese sentido, ella tiene claro que hay varios pros y contras, pero sabe que definitivamente vivir más cerca sería mejor para su relación y para ambos.

A Cecilia no le desagrada transportarse muchos kilómetros para encontrarse con la persona que ama, aunque “tampoco lo quiero romantizar”. Lo considera un acto de resistencia política. “Es un acto de resistencia […] tener las ganas de hacer algo que es complicado, difícil […]; de repente con mis amistades digo, ay qué flojera visitarle, pero tengo muchas ganas de ver a esta persona y lo haré porque quiero verla, quiero abrazarla, quiero tocarla”.

“El hecho de que todavía tengamos esa voluntad […] nos habla de estos pequeños grandes actos, como humanos, que todavía tenemos, que aún no son reemplazados por la tecnología”, dice. “Hacemos el esfuerzo y lo intentamos porque nos amamos”.


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Escrito por Patricia Alamilla

Patricia Alamilla. Comunicadora, editora, curadora de contenidos. Con más de 15 años de trayectoria en plataformas periodísticas y de contenidos especializadas en negocios, economía, finanzas, liderazgo, management, soft skills, equidad de género, diversidad e inclusión, como El Economista, Expansion.mx, Obrasweb.mx y Dalia Empower.

https://www.linkedin.com/in/patricia-alamilla/

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