La película Emilia Pérez (2024), dirigida por Jacques Audiard, se presenta como un híbrido entre comedia musical y reflexión sobre identidad, género y cultura. Sin embargo, bajo su aparente intención de promover diversidad e inclusión, emerge una narrativa que refuerza estereotipos y prolonga dinámicas coloniales, mientras explota la riqueza cultural de México como un recurso estético al servicio de una audiencia occidental. Este análisis propone una lectura más crítica y amplia, cuestionando tanto el contenido de la obra como el contexto sociopolítico que la produce y legitima.
Desde una perspectiva global, Emilia Pérez debe ser evaluada en el marco de una creciente occidentalización cultural que borra las diferencias bajo discursos de inclusión superficial. México, un país históricamente resistente a la homogeneización cultural, se encuentra atrapado en una narrativa internacional donde su diversidad se reduce a un espectáculo exótico que reduce la complejidad de la su cultura, a una caricatura que refuerza jerarquías culturales y mantiene desigualdades geopolíticas.
Narrativas que ridiculizan la identidad y la cultura: Trama y estereotipos en Emilia Pérez
La historia de Emilia Pérez, centrada en un capo mexicano que cambia de género para escapar de la justicia, abarca temas que podrían generar un diálogo profundo sobre identidad y transformación. No obstante, la película adopta un enfoque superficial, utilizando el cambio de género como recurso cómico en lugar de explorarlo como un proceso personal y político significativo. Este tratamiento trivializa no solo la experiencia transgénero, sino también el contexto cultural mexicano, reduciendo a los personajes a caricaturas de estereotipos agotados.
El personaje de Manitas Del Monte, presentado como un capo extravagante que desea cambiar de género, se enmarca en un imaginario occidental que asocia a México exclusivamente con el narcotráfico, el machismo y la violencia. En lugar de cuestionar estos clichés, la película los amplifica, presentando escenas que exotizan y trivializan la identidad mexicana. El convoy de sicarios enmascarados en el desierto, los cadáveres colgando de puentes y los escenarios de caos constante refuerzan la narrativa de un México salvaje, peligroso, primitivo. Esto, más que una representación, es una explotación cultural al servicio de una trama diseñada para el consumo extranjero.
Humor peligroso
El uso del humor en Emilia Pérez merece especial atención. Las escenas que abordan el cambio de género, como la canción que menciona procedimientos quirúrgicos de manera banal, transforman un tema complejo y delicado en un espectáculo grotesco. Este humor, que busca entretener a costa de ridiculizar, deshumaniza a los personajes y refuerza la percepción de que México y susproblemas culturales son un tema ligero, incluso risible, para la audiencia occidental.
La estetización de la pobreza y la explotación cultural
El diseño visual de la película, aunque técnicamente impecable, cae en el error común de estetizar la pobreza y los conflictos. Al presentar mercados caóticos, paisajes desérticos y escenas de violencia con un enfoque estilizado, Emilia Pérez no sólo exotiza a México, sino que lo despoja de su humanidad, convirtiéndolo en un escenario pintoresco que alimenta la fantasía occidental de un "México salvaje". Esto refuerza la percepción de que el país es una colección de clichés visuales, ignorando su diversidad cultural, su riqueza histórica y su papel contemporáneo en la defensa de los derechos humanos y la inclusión.
La música, compuesta por Clément Ducol y Camille, refuerza esta desconexión. Aunque técnicamente bien lograda, la banda sonora carece de autenticidad cultural y se siente más como un accesorio que como una representación genuina de las raíces musicales mexicanas. Este tratamiento refuerza la percepción de que los elementos culturales mexicanos son meros adornos exóticos para una narrativa diseñada desde y para Occidente.
Construcción de Manitas y el exotismo del narco
El personaje de Manitas Del Monte, un capo que desea cambiar de género, es un ejemplo clave de cómo la narrativa refuerza estereotipos y exotiza al "otro". En lugar de explorar de manera profunda y respetuosa el tema del cambio de género, la película utiliza esta transformación como un recurso cómico y como un catalizador narrativo. Las escenas en las que Manitas abre su chaqueta para mostrar sus pechos incipientes o en las que Rita negocia vuelos y cirugías con tonos absurdos trivializan un proceso profundamente personal y político.
Además, el entorno de Manitas se presenta como un espectáculo grotesco: un convoy en el desierto lleno de sicarios enmascarados, armas, cadáveres colgando de puentes, y una atmósfera de violencia constante. Estas imágenes no sólo perpetúan una visión unilateral del narcotráfico como el principal rasgo de identidad mexicana, sino que deshumanizan a los personajes al presentarlos como caricaturas de un problema estructural complejo.
El uso del humor para deshumanizar
En múltiples ocasiones, el guion emplea humor basado en la burla hacia la cultura y los personajes mexicanos. Un ejemplo es la canción que enumera procedimientos de cambio de género (mamoplastía, vaginoplastía, rinoplastía) acompañada de un coro repetitivo que transforma un tema sensible en una escena absurda. Este enfoque no solo banaliza el proceso, sino que lo presenta como un espectáculo diseñado para entretener a una audiencia que ya asocia a México con el exceso y el caos.
Implicaciones éticas y políticas: Francia, el cine y el Sur Global
La hipocresía de las políticas culturales francesas
Emilia Pérez recibió financiamiento del gobierno francés a través de mecanismos públicos como el Centro Nacional de Cinematografía (CNC). Este apoyo contrasta de manera flagrante con los compromisos internacionales de Francia para promover la diversidad cultural, establecidos en tratados como la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturalesde la UNESCO. Mientras Francia declara defender la diversidad y la equidad cultural, subvenciona obras que refuerzan estereotipos y deshumanizan a culturas del Sur Global.
Esta contradicción pone en cuestión la coherencia de las políticas culturales francesas y plantea la necesidad de revisar los criterios de financiamiento cinematográfico. El cine, como medio de alcance global, tiene la capacidad de influir en percepciones y relaciones internacionales, y es inaceptable que recursos públicos se utilicen para mantener dinámicas de exclusión y desigualdad.
El cine como herramienta de poder cultural
Desde una perspectiva geopolítica, Emilia Pérez no es sólo una película; es un reflejo de cómo el cine occidental sigue siendo una herramienta de poder cultural que refuerza la hegemonía del Norte Global sobre el Sur. Al reforzar estereotipos y minimizar las complejidades culturales de México, la película contribuye a la narrativa de un Occidente superior que define y controla las representaciones del "otro".
Emilia Pérez y el fascismo cultural
La película Emilia Pérez opera dentro de una tradición histórica donde el humor y la ridiculización han sido utilizados como herramientas de exclusión y deshumanización. A través de representaciones caricaturescas de los personajes mexicanos, el filme refuerza estereotipos que perpetúan la percepción de inferioridad cultural y social de México.
En el contexto actual, donde México enfrenta tensiones diplomáticas con gobiernos ultraderechistas y lucha por posicionarse como un actor global igualitario, estas representaciones son particularmente dañinas. No sólo afectan la percepción global de México, sino que también refuerzan las dinámicas de poder desigual entre Occidente y América Latina.
Desde la perspectiva de las ciencias cognitivas, la exposición repetida a estereotipos en medios de comunicación refuerza prejuicios y disminuye la empatía hacia los grupos representados de forma negativa. En este caso, la narrativa del filme recurre a tropos como el narcotráfico, el caos urbano y la excentricidad cultural, empleando "señales de ridiculización", un mecanismo presente en discursos fascistas históricos. Estas señales, utilizadas para justificar exclusión y marginación, han sido claves en la construcción de climas de discriminación, como ocurrió en la Alemania nazi con la ridiculización de minorías.
En el contexto geopolítico actual, donde México busca consolidarse como un actor igualitario en la escena internacional y enfrenta tensiones con sectores ultraderechistas en EE.UU., la perpetuación de estos estereotipos no es inocua. La representación de los mexicanos como caóticos y primitivos no sólo impacta la percepción global del país, sino que también contribuye a justificar políticas discriminatorias contra migrantes y ciudadanos mexicanos en el extranjero.
En definitiva, Emilia Pérez no es sólo una comedia: es un vehículo cultural que refuerza dinámicas de exclusión y normaliza la desigualdad estructural mediante la repetición de narrativas estigmatizantes.
Un llamado a la responsabilidad cultural en el cine y el lenguaje
La película Emilia Pérez de Jacques Audiard es un ejemplo de una narrativa culturalmente reduccionista, así como una manifestación de dinámicas más amplias de exclusión y propagación de estereotipos. En el caso particular de México y su representación en la cultura francesa, esta obra no sólo falla en promover la inclusión y la diversidad, sino que refuerza prejuicios profundamente arraigados que encuentran eco incluso en el lenguaje cotidiano.
Un ejemplo es el fenómeno de asociar en Francia la palabra "Mexicain" (Mexicani) con "Maxi conne" (Maxi estúpido), aunque no suficientemente documentado en estudios formales, ilustra cómo los estereotipos negativos hacia los mexicanos han permeado la cultura francesa, incluyendo expresiones lingüísticas cargadas de connotaciones despectivas. Esto se alinea con investigaciones sobre cómo los prejuicios lingüísticos y las representaciones culturales afectan negativamente las relaciones intergrupales y prolongan dinámicas de exclusión. Este tipo de asociaciones no sólo invisibiliza la riqueza cultural y la complejidad de México, sino que también refuerza dinámicas de marginalización que se replican en medios, discursos públicos y obras artísticas como Emilia Pérez.
El problema es más profundo
El uso de estereotipos culturales en el cine, como los vistos en Emilia Pérez, no es una cuestión trivial de representación artística. Un ejemplo claro es la representación de la cultura mexicana en Hollywood y la que realiza Luis Mariano, un cantante francés de ascendencia española, recordado no solo por su voz, sino también por su interpretación cultural que, desde una perspectiva actual, resulta problemática. En particular, el cantante popularizó una imagen de mariachi con vestimenta rosa, una caricaturización que se desvía considerablemente de las tradiciones culturales mexicanas. Este tipo de representación, que fue aceptada y celebrada en la Francia de mediados del siglo XX, contribuyó a construir una visión estereotipada y exotizada de la cultura mexicana en Europa.
El uso de trajes de mariachi estilizados, alejados de su contexto cultural auténtico, y la asociación de la música tradicional mexicana con elementos teatrales y humorísticos —vinculando al mariachi con una versión exótica de payaso musical para el entretenimiento europeo— reforzaron la idea de México como un espacio exótico y festivo, más que como una nación compleja y diversa. Luis Mariano se convirtió en un símbolo de esta apropiación cultural, que aún resuena en la manera en que ciertos sectores de la sociedad francesa perciben la mexicanidad.
En un contexto global donde el lenguaje y los medios tienen un poder desproporcionado para moldear percepciones y actitudes, obras como ésta contribuyen a la reproducción de prejuicios y jerarquías culturales. Cuando se financian con recursos públicos, como en el caso del gobierno francés y el CNC, el impacto es aún más preocupante, pues contradicen los compromisos de Francia con la diversidad cultural y los principios de respeto e inclusión promovidos en tratados internacionales.
El rol del cine en las tensiones globales
En un momento histórico donde las tensiones entre el Norte Global y el Sur Global son cada vez más evidentes, el cine no puede ser un vehículo para la exclusión. México, un país que se posiciona como defensor de los derechos humanos y la diversidad, merece representaciones que reflejen su complejidad cultural e histórica, no caricaturas reduccionistas que perpetúen imaginarios coloniales y dejan de lado la responsabilidad ética por parte de los creadores y las instituciones que financian estos proyectos. Francia, en particular, debe revisar sus criterios de financiamiento cinematográfico para garantizar que las obras apoyadas reflejen los valores de diversidad e inclusión que promueve en el ámbito internacional.
Emilia Pérez plantea una pregunta esencial para el cine contemporáneo: ¿Cómo podemos exigir responsabilidad cultural en un medio que tiene el poder de influir en percepciones globales? Hasta que el cine deje de ser una herramienta de perpetuación de desigualdades y se convierta en un espacio de diálogo y reconciliación, seguiremos enfrentando las mismas tensiones culturales y políticas que esta película, paradójicamente, pone de manifiesto.
Conclusión:
La nominación de Emilia Pérez dentro del marco de los Premios Oscar no puede analizarse únicamente desde la óptica del cine como entretenimiento, sino dentro de un contexto sociopolítico más amplio que involucra la representación de México en Hollywood, el papel del cine en la construcción de narrativas globales y las estrategias de deslegitimación cultural en el marco de la industria cinematográfica estadounidense.
Históricamente, la industria de Hollywood ha utilizado a México y a la cultura latinoamericana como un recurso narrativo que oscila entre la exotización, el estereotipo y la estigmatización para la instrumentalización de sus políticas coloniales. La representación de personajes mexicanos ha transitado entre criminales, revolucionarios, sirvientes y, en tiempos recientes, figuras complejas que buscan desafiar estos moldes. Sin embargo, la cuestión central sigue siendo: ¿Quién controla la narrativa?
El humor en el cine ha sido utilizado históricamente para abordar temas tabúes de manera digerible, pero también ha servido como herramienta para deshumanizar pueblos enteros.
Sin embargo, la pregunta sigue en pie: ¿Es suficiente esta visibilidad dentro de un marco que sigue siendo controlado por las mismas estructuras de poder?
Desde esta perspectiva, Emilia Pérez no es sólo una película nominada al Oscar, es un producto que emerge en un momento clave para la relación entre México y los Estados Unidos, lo que obliga a cuestionar las intenciones detrás de su éxito. La legitimación de ciertas narrativas a través del cine no es casual, y en este caso, es importante analizar si esta obra responde a una agenda política y comercial bien orquestada.
No podemos negar que el cine ha sido utilizado sistemáticamente para deshumanizar poblaciones de diversas regiones del mundo, justificando narrativas que han servido como herramienta de legitimación para intervenciones políticas, económicas y militares.
En este sentido, la representación de ciertos grupos no es sólo una cuestión estética o de inclusión, sino una construcción ideológica que moldea la percepción global. México, al igual que otras naciones, ha sido retratado de maneras que refuerzan imaginarios útiles para intereses externos, ya sea a través de la criminalización, la exotización o la romantización superficial de sus conflictos.
El caso de EMILIA PÉREZ debe analizarse en este marco: ¿realmente rompe con estos esquemas o simplemente se ajusta a una nueva versión de normalización de la discriminación y la violencia, diseñada para encajar en el discurso progresista dominante?
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