No recuerdo, con precisión, el momento en que conocí a la Capitana O’Farril. Lo más seguro es que haya sido, como la mayor parte de las cosas que adquieren sentido en la vida, así, de una forma silenciosa y casi que por casualidad. Digo, tampoco es que le esté buscando algún tipo de significado espiritual o trascendental, como lo hacen los enamorados al paso de los años.
Estoy casi seguro que ese día hacía el calor típico de la primavera y que yo buscaba esconderme del bullicio de la gente. Un tarro de cerveza frío, en un bar silencioso, frente a una jacaranda cargadas de flores y el suelo tapizado de morado.
Pedía mi segundo tarro cuando el calor de la tarde comenzó a disiparse y con el viento fueron llegando las aves citadinas. A lo lejos, de entre el sonido de los autos comenzó a destacarse un zumbido que de a poco fue haciendo vibrar cada una de las lámparas y mesas que había en el recinto.
Una parvada de mujeres motocicleteras llegaron sin aspavientos y muy en su plan. Ellas eran las dueñas de ese pequeño bar, ahí es donde había situado su club y hacían de ese espacio su punto de reunión. Uno habría pensado que esta es la imagen propia de los rockeros vagos estadounidenses que salían el tv cuando morrillos, pero acá, era la mismísima actitud de “¿y qué?, somos morras y volamos con el viento”.
No, en verdad no hablé con ninguna de esas imponentes moteras. Debo decirles que ellas no sólo tienen un porte temerario, sino que además, se andan entre ellas porque no tienen ganas de relacionarse con alguna otra persona. Supongo que deben estar cansadas de llegar a algún bar, pedirse un trago y, como vienen solas, ser abordadas por algún galán con ganas de enamorarlas. Como si uno solo bebiese para flirtear. Sin embargo, justo a la entrada alcancé a ver el contorno morado de la Capitana O’Farril, tal como las jacarandas, pero con un cilindraje de 1700 centímetros cúbicos. Completamente chopper, completamente viajera y ahí comencé a comprender lo que se decían mientras se bromeaban entre sí las chicas.
Por entre las mesas, el humo del tabaco y la música alta se alcanza se tiene como sabido que este grupo de aves del asfalto tomaron las carreteras después de que las vetaron para rodar.
Si, por extraño que parezca la idea, en algún tiempo estas muchachas adquirieron el gusto por los motores y las llantas en una comunidad mixtas de amantes de la libertad, pero que llegó el momento en el que el jefe se creyó el más grande y decidió truncar el acelerador de sus máquinas. Así que mientras él buscó negarles el paraíso de las carreteras, ahí afuera, estaba la Capitana O´Farril dispuesta a enseñarles que las carreteras son como la vida, el que no las corre pues no las vive.
Así fue como entendí, incluso es como me gusta imaginar, que se ha forjado el Club de Motoristas Tronchatoro como una defensa de ser quién uno quiere ser.
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