Señoras y señores, hoy vengo a hablarles de un ser mitológico, casi tan raro como el Chupacabras, pero que nos venden como algo normal: la “supermamá”. Ya sabes, esa figura que parece haberlo dominado todo, desde cambiar pañales a velocidad olímpica hasta preparar la lonchera perfecta mientras tiene una junta por Zoom y, de paso, escribe una tesis sobre física cuántica. Nos dicen que deberíamos ser como ella, el problemita está en que… ¡Ese personaje es más falso que las ofertas del Buen Fin!
La verdad es que la "supermamá" es un mito moderno que nos deja más agotadas que emocionadas. Nos dicen que deberíamos poder con todo: la casa, el trabajo, los hijos, el esposo, como ser sexies con chanclas, los impuestos, y, si queda tiempo, hasta una clase de zumba. Pero ¿alguien se ha preguntado por qué nunca vemos a esta "supermamá" en la vida real? Porque, al igual que el Chupacabras, no existe.
Mira, a todas nos encantaría ser esas mamás de instagram que tienen la casa perfecta, el coche impecable y una vida organizada como telenovela de horario estelar. Pero la realidad es que si hoy llevamos a los niños a la escuela con el uniforme correcto, ya estamos ganando. Porque, claro, en ese maratón diario, a veces se nos olvida que ser mamá no significa tener que ser todo para todos.
¿Cuántas veces no hemos visto a esa mamá que, además de todo, hace yoga al amanecer y prepara desayunos con forma de caritas felices? ¡Que alguien me explique cómo lo logra! Mientras tanto, yo estoy aquí aplaudiéndome por encontrar calcetas que medio combinan para mi hija y mandar al trabajo a mi esposo con camisa planchada. Y ni hablemos de la comida saludable porque a veces la “cena nutritiva” es una quesadilla y gracias.
No me importa que me digan que somos mamás de cristal, no podemos hacerlo todo solas. Y ¡está bien! No estamos fallando por pedir ayuda. No se vale romantizar esta idea de que somos "superheroínas" solitarias, capaces de cargar con todo y nunca derrumbarnos. Porque la verdad es que, detrás de cada mamá que parece tenerlo todo bajo control, probablemente hay una abuelita, una vecina o hasta el repartidor del súper, echando la mano. Y para las que no tienen esa ayuda, una clave para soltar un poco el control es empezar a confiar más en los demás, aunque al principio cueste. Delega, aunque no salga todo perfecto, y aprende a disfrutar esos momentos de respiro. El mundo no se va a caer si un día tu esposo o sus abuelos les dan a los niños cereal para la cena o si no encuentras el suéter "correcto".
También me he preguntado, ¿cómo es que nuestras abuelas y madres parecían poder con todo? Y no, no era que tuvieran súper poderes. En su época, no tenían permiso de expresar lo que realmente sentían. No podían decir "no puedo más" o "necesito ayuda", porque enseguida las tachaban de malas madres o esposas. Ellas cargaban con todo, no porque fueran más fuertes que nosotras, sino porque no tenían tregua. Y aunque su esfuerzo es admirable, también es un recordatorio de que no debemos seguir ese ejemplo de silencio y sacrificio total. Nosotras, en cambio, estamos en una época donde podemos —y debemos— levantar la mano y pedir apoyo sin sentirnos menos. Al final del día, lo importante no es cuántas cosas hacemos, sino cómo nos sentimos en este camino. Si hoy necesitas un descanso, un abrazo, o simplemente un momento para respirar, hazlo sin culpa. Porque ser mamá no es cuestión de hacerlo todo, sino de hacerlo lo mejor que puedas sin perderte a ti misma en el proceso.
Mamás felices crían hijos felices.







¡Sé el primero en comentar!