A Naye, que me enseñó a admirar a Shakira.
A manera de introducción respetuosa, un paréntesis en el que cabe la paciencia colectiva.
(El que escribe nadie es para sugerirle nada a Shakira. No obstante, a juzgar por la inconformidad de algunas de sus fans —sus lobas—, que esperaban a las 10 de la noche el inicio de un concierto pactado a las 8:30 pm, valdría la pena agregar un punto al decálogo de las lobas: 10 bis: La líder no hará esperar a la manada. Y es que si bien es cierto que las mujeres facturan, no todas lo hacen por una cantidad que les permita pagar el taxi o el Úber. Y el metro cierra temprano. Las lobas y los lobos salen a la hora que marca la luna o el boleto para el estadio GNP. No hay más.)
Pasadas las 10 de la noche del viernes 21 de marzo de 2025, se registró un micro sismo en la alcaldía Iztacalco de la Ciudad de México. El epicentro se localizó en el ombligo de una mujer de poco más de 1.50 metros de estatura. Las ondas expansivas se potenciaron en su cadera y llegaron a cerca de 65 mil espectadores reunidos en el Estadio GNP para presenciar el segundo de los siete conciertos con que la cantante colombiana Shakira llegó a esta Muy leal, Muy Noble y Muy Telúrica ciudad para romper récords de asistencia con su gira “Las mujeres ya no lloran”.
Bastó que la barranquillera apareciera en el estadio (y las pantallas, como las caderas, no mienten), para que el respetable se uniera en un grito estruendoso. Con gafas oscuras arribaba la cantante y el estandarte: la mujer víctima de la infidelidad del macho narcisista, la madre soltera de dos niños, la loba que optó por transformar una tragedia personal en una muy lucrativa campaña antipatriarcal sintetizada en el poderoso slogan: las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan.
Si el movimiento sísmico fue oscilatorio o trepidatorio es cosa que sólo le interesa a Richter o a Mercalli. Shakira es un terremoto que remueve los escombros y expone los daños. Su manada ha crecido con ella, con sus amores y desamores, con sus victorias y sus fracasos ¿Por qué no había de acompañarla en el rencor, un sentimiento tan encarnado en los y las naturales de estas tierras?
En el estadio no había oportunidad para la apatía. Todos los presentes portaban una pulsera que les otorgaba el privilegio de ser parte de la coreografía lumínica. Y aquí no importa la voluntad. Si pagaste el boleto, te integras a esa inmensa serie de focos prenavideña que se prendía o se apagaba al ritmo de la música, que cambiaba su tonalidad de acuerdo con el sentimiento a la mano: blanco para la calma, rojo para la pasión, ámbar para la melancolía.
El morado estaba en las pelucas de no pocas concurrentes que emulaban a la Shakira del video de la canción Las de la intuición, una de las más aclamadas, coreadas y tatuadas en la noche primaveral.
Y así, el recorrido sonoro de la cantante fue inclusivo en sus variantes sentimentales y abarcó lo mismo la oda al ejercicio sexual femenino libre, siempre y cuando el fulano sea testigo, de Soltera (“Tengo derecho de portarme mal pa pasarla bien/ Pa que ese cabrón, cuando me vea, le duela”), a la apología de la dependencia emocional adolescente de Antología (“Pero olvidaste una final instrucción/ porque aún no sé cómo vivir sin tu amor”); se pasó de la geopolítica festiva de Waka Waka a la rotunda sinceridad de las caderas de Hips don’t lie.
El sonido saturado no parece importar. Lo que se maximiza es la imagen. Pesa más el discurso de animación con estética de videojuego que la nitidez de la palabras de la cantante, quien, por otra parte, parece omisa al momento en que el estadio grita en coro su nombre, Sha-ki-ra, Sha-ki-ra, o al breve espacio en que la grada se transforma en un sector de la tribuna del Santiago Bernabéu aderezado con la porra del Atlante al entonar una sonora mentada de madre a Piqué.
El concierto, como casi todos en la actualidad, es un producto armado a la altura de las necesidades y expectativas del consumidor. De ahí que las variantes en la lista de rolas sean tan escasas como la interacción con el público. Shakira ha perdido naturalidad, pero ha ganado espectacularidad. Y el rasgo distintivo se ubica en la memoria implantada por MTV y el famoso Unplugged. Shakira repite con mariachi Loca, ciega, sordomuda y la une con esa rítmica actualización de la lucha de clases que es El Jefe.
Lo que escatima en palabras, lo prodiga en movimientos coreográficos. Ojos así,Hips don’t lie y Copa vacía dan cuenta del gran talento de la colombiana a la hora de mover los pies y la cadera, independientemente del gran acompañamiento dancístico y musical que entra al quite en momentos especiales del recital.
Como parte de la oferta final está Loba, rola que sintetiza el ansia de revancha de varias de las congregadas. Shakira las nombra y, al hacerlo, las legitima: las mujeres solteras, las madres solteras y, en menor medida, las casadas (¿lobo estás ahí?) Cuando la cantante pide aullido, éste es más intenso que el que genera La Unión cada que se toca Hombre lobo en París. Su nombre es Denisse.
La sesión 53 con Bizarrap marca el cierre de la noche, el único encoré disponible, el anuncio de que la Loba se va. Lo que sigue es el lento retorno a casa, masticando entre dientes una historia sentimental implantada en la memoria y seguramente en alguna playlist.
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